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LA SANGRE SOBRE LAS AZUCENAS
Título:
LA SANGRE SOBRE LAS AZUCENAS
Subtítulo:
Autor:
ESTÉVEZ GOYTRE, MANUEL FERNANDO
Editorial:
EDICIONES ATLANTIS
Año de edición:
2016
Materia
Narrativa histórica
ISBN:
978-84-945518-2-6
Páginas:
363
Encuadernación:
RÚSTICA

Disponibilidad:

  • En la web: 

Sinopsis

Granada, agosto de 1359 Desde su subida al trono, Muhammad V de Granada había sabido granjearse el afecto del grueso de su pueblo y la lealtad incondicional de su ejército y su séquito. La sinceridad y el don de persuasión mamados de sus mayores jugaban a su favor y le abrían puertas vedadas a otros soberanos por razones que caían por su propio peso. No conocía la enemistad fuera de las fronteras nazaríes. Con la vecina Castilla mantenía unas relaciones que lejos del habitual rencor entre cristianos y musulmanes resultaban altamente provechosas para ambos reinos. Pero contaba entre sus familiares más cercanos con un hermanastro que Maryam, segunda esposa de su padre, Yusuf I, había traído al mundo veinte años atrás, un personaje incapaz, zafio, insensible y, aunque fibroso y de buena talla, afeminado en sus movimientos. Ismail, en definitiva, no era persona en quien poder confiar. Junto a su madre habitaba una espléndida residencia que el rey le había cedido próxima a su palacio en la Alhambra. Muhammad necesitaba controlar sus proyectos y sus movimientos, y con el fin de mantenerlos alejados de la vida política y militar que se cocía en la alcazaba les proporcionó como mal menor una cantidad de dinero y riquezas suficientes para vivir varias generaciones rodeados de todo el confort al que aspiraban. Así y todo, el objetivo más ambicioso de Maryam era ver a su hijo en el trono, y al morir su esposo se las ingenió para apropiarse de una buena parte del tesoro real. Intentando materializar su propósito en un breve espacio de tiempo, aleccionó a una de sus hijas para que su yerno, Abú Abdallá, un sanguinario arráez de la corte, comprase a la guardia y derrocase al sultán

Granada, agosto de 1359 Desde su subida al trono, Muhammad V de Granada había sabido granjearse el afecto del grueso de su pueblo y la lealtad incondicional de su ejército y su séquito. La sinceridad y el don de persuasión mamados de sus mayores jugaban a su favor y le abrían puertas vedadas a otros soberanos por razones que caían por su propio peso. No conocía la enemistad fuera de las fronteras nazaríes. Con la vecina Castilla mantenía unas relaciones que lejos del habitual rencor entre cristianos y musulmanes resultaban altamente provechosas para ambos reinos. Pero contaba entre sus familiares más cercanos con un hermanastro que Maryam, segunda esposa de su padre, Yusuf I, había traído al mundo veinte años atrás, un personaje incapaz, zafio, insensible y, aunque fibroso y de buena talla, afeminado en sus movimientos. Ismail, en definitiva, no era persona en quien poder confiar. Junto a su madre habitaba una espléndida residencia que el rey le había cedido próxima a su palacio en la Alhambra. Muhammad necesitaba controlar sus proyectos y sus movimientos, y con el fin de mantenerlos alejados de la vida política y militar que se cocía en la alcazaba les proporcionó como mal menor una cantidad de dinero y riquezas suficientes para vivir varias generaciones rodeados de todo el confort al que aspiraban. Así y todo, el objetivo más ambicioso de Maryam era ver a su hijo en el trono, y al morir su esposo se las ingenió para apropiarse de una buena parte del tesoro real. Intentando materializar su propósito en un breve espacio de tiempo, aleccionó a una de sus hijas para que su yerno, Abú Abdallá, un sanguinario arráez de la corte, comprase a la guardia y derrocase al sultán

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